miércoles, 24 de septiembre de 2008

Un zapato en la cuneta

Cuántas veces no nos habremos preguntado qué hace un único zapato tirado en cualquier cuneta en la que no hay ningún signo de accidente de tráfico. ¿Cómo llegó ese zapato allí? ¿A quién pertenecía? ¿Siguió andando con un solo pie calzado?

Auténtica metáfora de la vida de algunos seres, esa imagen, la de un zapato en la cuneta, me sugirió el siguiente relato.

Un zapato en la cuneta

Tocó las cuerdas de su vieja guitarra. Su compañera reconoció al instante la caricia añeja y gastada, de costumbre. Aquella noche, especialmente oscura, fría y triste, sintió su guitarra agotada. Apoyó la barbilla entrecana contra la madera y suspiró, a su vez, su propio cansancio. Dio una larga calada al cigarrillo y lo apuró.
“¡Que deje de fumar! Ya sabes que no puedo. Ah, que al menos fume cigarrillos preparados para ser fumados, que me tiemblan las manos al liarme los míos. Quizá tengas razón, pero, tú sabes, me ayuda a pensar. Y a no pensar. No arde igual un pitillo liado por uno mismo, no es tan artificial, tan falso. Me sugiere un puente de piedra sobre un riachuelo y el rumor del agua entre las piedras mientras reposo contra un árbol. ¡Jilipolleces!
“Antes, me ayudaba a componer, ¿recuerdas? Mi mejor canción la compuse liando un cigarrillo. Tan hermosa letra, que curioso, la extraje de aquel hilo de saliva y el roce de mis dedos sobre el finísimo papel. Fue algo erótico si me apuras.
“Tú aún ibas cargada con todos los ecos de mi ilusión y mis dedos eran ágiles, pequeñas culebras que hurgaban en tus tensos tejidos. ¿Te gustaba, eh? Qué picarona eras y cuántos celos sentías de las mujeres que conquisté. Ya sé que no me crees pero a ti te he dedicado mis mejores caricias.
“No, ella no cuenta. Ella es diferente, es especial como sólo puede serlo un día cualquiera, el amanecer más esperado o el rumor de la lluvia sobre un tejado. Me refiero a las otras, a todas esas a las que he dedicado canciones. Sí, no paras de repetírmelo, a ti no te he dedicado ninguna. Será porque tú sigues fiel a mi lado. Bien mirado, sólo compuse para las mujeres que me dejaron. Menos para ella, para ella no. Sería como certificar su marcha y mi hija no me ha abandonado, sigue conmigo aunque no esté aquí.”
Perdió la mirada en la bolsa de tabaco, junto al sobre del papel y a una caja de fósforos abierta. Sólo quedaba uno, apenas con cabeza roja.
“Esa cerilla es todo un reto, guitarra, en algún momento, por mucho que desee retrasarlo, habré de intentar encenderla. Sólo habrá un intento. Se necesitará decisión y un pulso firme. Sí, no te empeñes en machacar el tema, sé que todas me han dejado. Gracias por recrearte en mis llagas.”
Ismael se levantó, se acercó a la ventana y apartó el sucio visillo.
“Se corre el telón y puedo veros en vuestras vidas anónimas. Sois gentes presurosas arrastrando vuestras prisas; gentes quietas aplastadas bajo vuestras quietudes. Tenéis todos una canción. Vosotros mismos sois el compositor, pero no queréis escucharla.”
Murmuró una melodía rota con su roto murmullo. Era su canción. Sonó como un lamento sin tristezas, sin oboes, sin tragedias.
La odiosa costumbre se impuso con el cotidiano chocar de los platos y los cubiertos sobre la mesa en un calentamiento previo al concierto. La histriónica sintonía del noticiario colaboraba como adecuado fondo musical. El visillo reposó en su habitual caída. Todo es siempre tan igual. Ismael continuó mirando hacia la calle a través del tejido.
“Aunque se desenfoque mi mirada, seguís ahí, perdidos, sin dejar de caminar. Pobres diablos.”
Guardó la guitarra en una funda tan viaja como el instrumento, pero aún más castigada, raída y sabia, de color verde olvidado, llena de cicatrices de miles de años, heridas curadas en los caminos.
“Y en las posadas”, dijo Ismael en voz alta sin saber por qué. “A ti tampoco te compuse nada. ¿Quién le compone una canción a la funda de su guitarra? Yo no, no estoy lo suficientemente cuerdo. Gracias por ese y tú que lo digas que os salió a coro. ¿Qué os hubierais conformado con una estrofa? Eso no es serio. A vuestra edad no vais a recriminarme ya nada. Somos los tres muy viejos. Y muy perros. Ahora, dejadme un rato, que tengo hambre y ese cocido huele de maravilla.”
*******
“Cada esquina tiene también su propia canción. Y el bordillo de la acera. Hay infinitas canciones.” Ismael apoyó la espalda en la pared y una mano en la enfundada guitarra. Dio una calada, esperó a que el humo incendiara sus entrañas y trató de expulsar con él todos sus demonios. No lo consiguió.
“Nunca le dais a nadie la espalda. No tenéis tiempo suficiente para hacerlo. Pero tampoco miráis de frente. Desfiláis como soldados derrotados, como desertores, avergonzados y desconfiados, diría, respectivamente. ¿De qué color son vuestros ojos? ¿Qué teméis? ¿Qué escondéis?”
Extrajo la guitarra. Pasó la cinta por su cabeza con cuidado de no castrar el cigarrillo en la boca torcida y alfombró su escenario con la funda.
“Lo que daría por unas candilejas y el impertinente acoplamiento de un micrófono. Sí, el público también. Está ahí, sólo que no lo habéis visto, hay demasiado humo.”
Alguien, un transeúnte, un individuo, un anónimo, un cogote que se alejaba, arrojó una moneda sobre la funda. Ismael miró el trozo de metal que brillaba con insolencia. La eternidad y el resto del universo se detuvieron en la moneda que no terminaba de quedarse quieta, cruel Salomé que danzaba a sabiendas del dolor que inflingía.
De pronto, a Ismael le pesaron las piernas, su guitarra, todos y cada uno de sus pasados, los pecados que no se atrevió a cometer y las penitencias que se negó a cumplir. Le pesó el cielo sobre su cabeza y le pesó su barba descuidada de canas y grises. ¿Qué demonios o ángeles apretaban su corazón con las tenazas? Sintió su alma rota. Allí, en aquella esquina tan normal, el viejo cantautor ahogó sus ojos en aguas que se desbordaron por las mejillas. Ni la guitarra ni la funda de la guitarra supieron qué decir.
******
¡Tócala otra vez! ¡Tócala! ¡Cariño, estoy agotado! ¡Sólo el estribillo! ¡Venga, por favor! Le hacía pucheros la niña de ojos azules.
Y Laura perdonó los algodones del cielo,
cambió del paraíso su sabor a fresa
para dar cobijo a un pájaro viejo.
Cantó la dulce melodía mientras la niña le miraba con sus grandes ojos y él entraba por ellos en un mundo de fantasía y salía de él por la sonrisa más enorme del planeta.
*****
Ismael lloró como el niño más desdichado, de cuclillas junto a la insultante limosna. Nadie miraba. Nadie veía nada. Nada.
Caminó cabizbajo, sin rumbo. Sus reflejos en los escaparates eran penosos y de escaparate en escaparate, cada vez peor. “¡Ya verás en el siguiente!”
Pensó en componer una canción sobre el suicidio. “Es una canción fácil, ¿no os parece? Entiendo que guardes silencio. Sentís compasión. Hace falta valor para componer buenas canciones. Una vez lo hice, ¿no es verdad? “Humo”, de Ismael Cepeda, vaya que sí. Ahora descansará en un cuartucho junto a un tocadiscos desvencijado, detrás del mueble, sosteniendo el podrido contra chapado para que no se hunda. Bueno sí, también puede estar en una tienda de segunda mano. Sería que alguien lo cambió por un bocadillo. ¿Qué más da si es de mortadela o de tortilla?”
La mano en el bolsillo de la gabardina certificó que no había cigarrillos, aunque podría dar fuego si alguien se lo pidiera, pero sólo una vez, y, a lo peor, ni eso.
*****
Contempló el techo desde su cama. Las manchas de humedad eran playas caribeñas. O planetas deformes que no pueden orbitar como está mandado y serán presas fáciles de las supernovas o de los agujeros negros. No, sólo era un sucio techo, como sucia era la vieja tos del viejo roto que traspasaba la pared desde el cuarto de al lado.
“Ahora, las toses se multiplicarán. Tos por tos, igual a ahogo. Ahora se oirá el grifo abrirse. Un vaso de agua. Eso un poco más. Un trago. Otro. Muy bien, ahora el vaso a la mesilla para luego meter los dientes. Perfecto.
“¿Cuál de mis rituales imaginará el vecino? ¡Guitarra! ¡No seas ordinaria!
“La noche se marchó despacio, como todas las noches. Laurita fue el único tic-tac en mi reloj sin minutero. Se cansó de que su tiempo no marcara las horas, ni los cuartos, ni las medias. Laurita, mi niña, se marchó sin comprender mis fracasos.”
El Fracaso, con mayúscula, ayuda a un hombre a encontrarse consigo mismo. Laurita le dejó con sus fracasos con minúsculas y una búsqueda egoísta y cobarde de sí mismo.
“Por eso mi fracaso se escribe con mayúscula, porque fue total.”
El estómago de Ismael compuso la canción del hambre. Se levantó, peinó hacia atrás su pelo cano, hacia abajo su barba cana y hacia adentro sus retortijones. Salió de la habitación y dejó sobre su plato vacío la limosna de la esquina, que sonó como una batalla perdida sin derecho a armisticio, una miseria recogida de la tierra con sus propias manos. La mujer que servía la sopa ni siquiera le miró. Sólo la vieja de la silla de ruedas le vio salir mientras masticaba con chasquidos su caldo.
“Sí, Laurita se marchó. Quería volar y ver mundo y soñar otros sueños, los suyos, que los míos ya estaban soñados. Sólo era una criatura, dices bien. ¡Qué ojos tenía la condenada! ¿La hice bien, eh? Algún desgraciado la estará babeando ahora. Sí, yo también espero que nadie le cante su canción. No creo ni que la conozcan. Sabía que estarías de acuerdo conmigo.
“¿Qué tal si cantamos algo antes de que alguien nos eche un euro? Muy bien, ¿por cuál empezamos? No, esa no, que es muy alegre y está lloviendo. Esa, esa está mejor.”

martes, 16 de septiembre de 2008

Místico

Místico es el el título de un poema con el que gané mi primer certamen literario, en este caso el Primer Certamen de Poesía Nuestra Señora de la Almudena, en Valladolid, mientras hacía el servicio militar. Me regalaron un juego de pluma y bolígrafo que, por desgracia, no conservo.

Místico

Es largo el camino a casa
al atravesar la noche con su frío clavado en la sangre.
Dejado es atrás un pedazo de mí
con cada palabra,
con cada sonrisa regalada sin costumbre,
con cada silencio.
Un pedazo de tristeza,
una lágrima de dolor,
un corazón lleno de almas.
Son los nombres pronunciados
y las manos las que acarician,
el viento el que susurra
el agua serena que alimenta mis venas,
los que agarran mi Ser
apretándolo con la furia de los cuerpos amados.
Es largo el camino a casa
escapándoseme el cielo amable por entre los dedos,
aferrándome la dignidad entre los ojos
y la caridad en el pecho.
Es largo el camino
que sigue la senda de luz
de la persona única en sí
con los labios curtidos
y la piel labrada en la sombra siempre,
escondido,
oculto en un daño místico, idolatrado...
abierta como está la ventana que habla,
que dice que tu falda vuela
mientras das vueltas con tu sonrisa
y ríos de sueños te abrazan, ebrios de dicha.
Es largo, muy largo
y el mar demasiado bravo para mis brazos.
El león está cansado.
Es largo el camino que me devuelve
al fuego de la mente,
a la tormenta bestial de la consciencia.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Insensato


El siguiente artículo fue publicado en la página http://www.divague.com/ hace algunos años.

Insensato

No habría afán suicida en el empeño, sólo exploratorio. Pero, ¿cómo resultaría lanzarse desde la ventanilla de este avión, manteniéndome recto como un estilete para acabar hiriendo la superficie del océano, penetrando en la herida hasta la más íntima profundidad, hasta que el impulso de miles de metros de caída y la densidad del agua salada detuvieran la invasión? La piel, el cabello y las ropas se descompondrían por el vertiginoso caer y las plantas de los pies contra el vacío invitarían al vértigo de la altura y la velocidad. Atravesaría quizá el algodón puro vapor de alguna nube emboscada. Y me zambulliría consciente de que podía haber perdido el control, de que podía haber muerto al chocar con el agua dura como el acero, deshaciéndome en mil pedazos. Los peces curiosos se acercarían a conocer al invasor; los peces asustadizos huirían sorprendidos al unísono y en zigzag al conocerle. Burbujas saldrían de mi nariz y mis carrillos se inflarían, mientras me preguntara si tendría aire suficiente para alcanzar la superficie salvadora. Mis piernas aletearían frenéticas. Mis manos ayudarían hasta el límite. Mis ojos dañados por la sal no los cerraría, pues prestos habrían de estar a percibir la llegada del depredador hambriento. Quizá, me agobiarían la angustia y el miedo ante el ataque inminente y fulminante del agresor no avistado. En el temor perdería la concentración y se dificultaría mi ascenso. Es posible que el cazador carnívoro me despedazara en aquel medio anestésico y no apreciaría la falta del miembro cercenado hasta que, alarmado por la pérdida de empuje y efectividad de avance, llevara la mano incógnita hacia la pierna que fallaba para apreciar su ausencia. Vendrían entonces la sangre y el pánico. Sería pasto de los peces. Pero tal no ocurriría y rompería la línea superior del océano de abajo arriba agarrando el aire puro a dentelladas, famélicos los pulmones. Me emborracharía de rico respirar y, ya sosegado, con la actividad precisa para mantenerme a flote, miraría a mi alrededor percatándome de la enorme soledad que sin duda me iba a aplastar, dudoso del rumbo a tomar, deprimido por la inmensidad, seguro ahora de la futilidad de mi esfuerzo, de lo inútil de mi empresa, de lo estúpido de mi acción insensata. El azar podría enviar una embarcación salvadora cuyo rumbo se cruzara con mi espera, pero lo creía poco probable. Aún así, el espíritu del ser humano es loable y me impulsaría a resistir avanzando sin brújula, empleando algo de lógica según la posición del sol para decidir la dirección. ¿Cuánto aguantaría el cuerpo no preparado? ¿Cuántas brazadas podría dar? ¡Qué absurdo acometer! El empeño duraría horas, no sabría cuantas. El avance se me antojaría escaso, nimia la moral y deficiente la energía. Moriría desfallecido, agotado, ahogado. El lastre dentro de unos instantes me llevaría lentamente hacia el fondo, con los ojos abiertos contemplando en décimas de vida los tesoros del mar. Me mecerían las corrientes caprichosas hasta posarme levantando una fina capa de polvo junto a los cuerpos de otros exploradores curiosos que me recibirían con el testimonio silencioso de los equivocados. Pero, antes de abandonar la resistencia, flotando apenas, cerca de perder la conciencia, a punto de rendirse el espíritu derrotado, habiendo pedido perdón a Dios en un confuso pensar, extrañando a los seres queridos en una unidireccional despedida, vería volar alto, muy alto, un avión. ¡Qué cerca y qué lejos! Una distancia anecdótica para ellos y mortal para mí nos separaría. Mi mirada, casi cegada por el sol y la sal, apenas acertaría a distinguir aquel puntito que desde el aparato descendía impertinente, decidido, gallardo y elegante. Sería una persona en quien reconocería un afán de curiosidad que comprendía muy bien por haberlo compartido, pero sólo podría, en un postrer y último acto de vida, pensar: pero, ¿qué haces, insensato?

viernes, 5 de septiembre de 2008

El exilio imaginado

Edición Personal, en su crítica de la obra El exilio imaginado decía ayer:

El exilio imaginado, por Juan Enrique Soto Castro

Algunos escritores cuentan en sus entrevistas que cuando escriben se pueden desdoblar y crear un mundo paralelo entre la realidad y la literatura. En el caso de esta obra, el autor compara el hecho de escribir con la situación de exilio en que pudiese estar un individuo.
Con sus poemas transmite la sensación única de estar en otro lugar, aun cuando pueda seguir en la habitación de su casa. El exilio imaginado es la narración de versos libres, cargados de sentimientos reprimidos que hacen explosión a través de las palabras.
En esta primera parte de la obra prevalece un estilo literario que evita el uso de las comas y signos de puntuación, sin que los versos pierdan el sentido y el ritmo.
Soto Castro también se nutre de la naturaleza para construir versos libres que describan en detalle cada aspecto del ecosistema. Y deja un espacio sin lugar a dudas, a los sentimientos del individuo, como por ejemplo imaginarse la eternidad o describir a través de la poesía las hazañas de los míticos autores como Machado o García Lorca.
Es una obra que generaría interés en el público lector, por la sencillez de los versos pero a la vez, lo profundo de su significado, imponiendo un estilo claro y nutrido, siempre con una connotación social.

La obra comienza así:

ILUSIÓN DE EXTERIOR
CUBIERTA DE NAVÍO
NOCHE

Un hombre con jersey negro de cuello alto, barba cana y cano pelo, mira hacia el horizonte con ojos llorosos. A sus pies hay una maleta golpeada, mal remendada con hilos de piel. Frente a él cree ver el mar, pero el mar es sólo ilusión, un deseo, es mentira. En realidad, escribe versos sentado en su tranquilo despacho de escritor de su plácido hogar. Él cree, casi es delirio, navegar con destino al exilio acodado en la proa de un desvencijado y apresurado navío que zarpó al amparo de la noche para huir de los fusileros a traición del otro bando. De ahí su triste mirada. De ahí, y también de la posibilidad de que se engañe a sí mismo; está convencido de que ese, el exilio, es el único modo, la única excusa, la obligada condición para ser poeta. Y escribe, por tanto.
Soy exiliado en mi propia tierra
En mi propia casa en mi propia piel
Creo que apenas se entiende
Si además no hay fronteras no hay aduanas
En esta habitación
Sólo paredes ventanas puerta
No hay ni una marca de tiza en el suelo
Ni alambradas de espino
Ha sido necesario inventarme un rey impostor
Con su nefasta voluntad
Su traición y felonía
Que concibiese mi destierro
Por inconfesables motivos
A pesar de padecer mil torturas
Y me penó a malvivir
En mi piel otro país otra tierra
En la balsa de mi memoria frágil
Y en vergüenza de una cobardía
Para enfrentarme al acto de aquí ser yo
En este sueño inapropiado impropio
Absurdo e incomprensible
En el que nocturno navego

viernes, 22 de agosto de 2008

La cesta de conchas.


El siguiente relato apareció publicado en el libro Mujer, su mundo y vivencias, publicado por el Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata en marzo de 2008, y en él se recopilaban relatos enviados al Certamen Día de la Mujer 2007. Se reproduce íntegro a continuación.



La cesta de conchas



¿Qué pasaría si dejase la puerta abierta mientras enciendo otro cigarrillo y se quedara así para que entrase y saliese todo, el cuerpo y el espíritu, el ruido y el silencio, el viento y mi aliento, mi vecino o yo misma acompañando al humo vacilante? ¿Qué pasaría si no pudiese cerrarla y el motivo fuese la falta de valor, este que impide que de un paso hacia delante, que separe la espalda de esta pared que me sostiene? No, cerrarla sería como morir en un portazo, como si después, al mirar la pulida superficie de la puerta, la mirilla se transformase en un insultante ventanal a lo rechazado por cobardía.
Inmóvil, con los brazos caídos y la mirada clavada en la puerta de enfrente, la del vecino vicioso que seguro intenta espiarme a través de su impertinente agujero, derramaría como gelatina mi lasitud. El pasillo vacío sería eterna potencia de visita, con su planta de plástico y el rumor del ascensor que pasaría de largo o se quedaría corto.
¿Qué pasaría si regresase?
-¡No lo hará! Y nadie me dirá nada. Como si la casa estuviese vacía, sin mi, sin mis tacones de aguja ni mis perfumes caros. Como si nadie viviese en el hueco que contiene mis rutinas y mis manías. Y mis extremidades se convertirán en sombras ajenas junto a los zapatos tumbados. La maleta se quedará sobre la cama. Cerrada. Como un cofre del tesoro. Como una cesta de conchas recogidas a la edad de siete años y olvidada a esa edad pero un día más tarde.
Acabo de regresar y ya me aplasta la sensación de no haberme marchado. Los recuerdos recién adquiridos no deben ser reales sino imágenes extraídas de las últimas revistas o de comentarios de otros que sí estuvieron allí. La maleta no prueba nada. Las fotos que contiene estoy segura de que al abrirla estarán veladas. Y no nos reflejarán porque él no quería salir en ellas. No podían quedar pruebas. Éramos furtivos, cazadores al acecho de una noche amparada en mentiras para gozar de la mentira.
Estoy sentada en la cama y antes de quererlo, me he tumbado sobre la colcha, extasiada con el techo y su lámpara ventilador, un brazo sobre la frente y una amarga bilis en la garganta. La oscuridad penetra lentamente en el apartamento, dando por acabado el día. No hay encendida ninguna luz, salvo cuando se enciende la de la escalera y algún vecino llega a su casa, alegre o contrariado, a encontrarse con los suyos o a sacar al perro. Tula se enrosca a mi lado y ronronea. No siente curiosidad por lo que haya más allá de nuestra habitación y ni siquiera se asoma al pasillo. Es una gata inteligente. Se basta a sí misma.
Cierro los ojos. Escucho el mar, un rítmico rumor que me llena de infancias. Veo una niña. Brilla su pelo rubio y las olas tranquilas mojan sus piececitos. recoge conchas y las mete en una cesta. Se agacha, toma otra, la limpia, la evalúa y, si está entera, a la cesta. Pero la niña tropieza y las conchas caen sobre un montón sucio de algas y basura donde ni el agua se atreve a mojar. Una ligera brisa con olor a sal mece sus cabellos y se recrea en los pliegues de su ropa y de sus labios. La niña mira las conchas desparramadas fijamente. Llora despacio, como las olas.
Me despierto. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Tengo las mejillas húmedas. Irene está a mi lado. Me acaricia el pelo y me susurra cálidas palabras. Sus labios se mueven muy cerca de los míos y sus ojos en los míos penetran. Me pide perdón, no se por qué y descanso mi rostro en el colchón de su pecho. Ha cerrado la puerta. Ha dado de comer a Tula y ha cambiado las arenas.
Irene suspira cuando le siseo con mala intención que he soñado con Luis. Toma mis manos, besa mis dedos y leo en su mente que esperará. En cambio, yo no puedo esperar ni pensar. Estoy vacía, tanto que ni recuerdo el rostro de Luis, el perfil de su boca, la ternura de sus manos como alas. Siento que al morirse se ha llevado consigo mis recuerdos de él, la totalidad de su ser, lo que él vivió de sí mismo y lo que de él viví yo. Y, de pronto, todo queda en nada.
Irene me llama a diario y como mínimo un día sí y otro también viene a casa. Trae flores o revistas o invitaciones a estridentes locales de moda. Las flores se marchitan en jarrones de cristal. Las revistas duermen intactas en el revistero. Las invitaciones caducan. Llega, me abraza, me quita los paquetes de tabaco, los guarda en su bolso y se los lleva. Me da igual. Compro tabaco sólo para que ella me los quite y pague así su cuota de compasión. Después, me siento culpable.
Irene me ama, pero yo arrasto mi vacío en zapatos negros de tacón alto, araño con toda intención el parqué brillante. He debido volverme odiosa con tanto silencio y frialdad, tanto que Irene ya no viene. Ha dejado de llamar. Su última llamada está grabada en el contestador y me avisa con su luz roja intermitente. Lloro de nuevo. Lloro de pena.
Así, odiosa, los días caen, maduros, y se estrellan y revientan contra el duro suelo, inservibles. No hay nada aprovechable en ellos y tampoco me preocupa. Simplemente, les dejo madurar y caer, odiosa. Preparo café cada mañana, bebo dos tazas, una nada más levantarme; otra, después de comer. El resto lo tiro. Al día siguiente hago más café. Esa es la metáfora de mis días. Acabo sentada a los pies de la cama y miro hacia la puerta. ¿Qué pasaría si la dejase abierta y Luis regresase, aunque fuese convertido en un fantasma?

miércoles, 20 de agosto de 2008

Día de dolor

Mi alma está con todos aquellos que hoy tan trágicamente nos han dejado y con aquellos otros que no les podrán abrazar esta noche. Su dolor es mi dolor.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Versos dialogados o diálogo versado

Es el primer poema de la obra Diálogos del camino, un recorrido amable entre el Maestro y su joven alumno, escrito en el año 2002.

¿De qué está hecho el silencio?

¿Estás cansado, Maestro?
¿Por qué calláis?
¡Estás llorando!
Callo, pues me ganó el silencio,
lloro, pues me ha derrotado.
¿Qué puedo hacer, Maestro
para consolaros?
Nada, mi joven aprendiz,
que al silencio ningún poeta gana
si se le acabaron las palabras.
¿Dónde he de ir a buscarlas?
¡Las traeré a miles! ¡A bandadas!
El Maestro sonríe
acortando el camino de una lágrima.
No sufras, mi muchacho pequeño,
que aunque el silencio es cruel,
guarda en sus mismas entrañas
todas las semillas del verso.
Entonces, ¿habremos de esperar?
Esperar es lo que haremos.
Maestro, y si la voz ha de tornar,
¿por qué lloras?
Lloro porque soy viejo
y tengo mucho menos tiempo
del que está hecho el silencio.